Los eternos fichines de Sacoa

Emblema de la Mar del Plata popular y peatonal, marca insigne del juego electrónico argentino. Medio siglo después –exactamente medio siglo después– un argentinito de 13 años gana poco menos que un palo dólar en un mundial de Fortnite. E-juegos. E-lectrónicos. E-deportes practicados por E-deportistas que pertenecen a E-quipos E-sponsoreados por capitales internacionales. Y Sacoa cumpliendo 50 años en la vieja Mar del Plata de los flipers a manivela.

Una cultura de masas es, siempre, la suma de lo que han sido sus hábitos, sus consumos y sus comportamientos condensados en un rabioso presente. Este niño crack no ha pasado por el Atari ni la por la Commodore 64, ni por el Gálaga, ni por el Space Invaders; pero lleva encima de su cuerpito breve, en sus 35 kilos de pibe gamer, la historia de lo que fuimos cuando nos dejamos enamorar por una pantalla, un comando y un botón de disparar. Son las tres de la tarde de un sábado al mediodía y el sol del invierno marplatense entibia lo que puede sobre la peatonal San Martín.

El cartel de Sacoa, en el justo medio de la cuadra, entre Corrientes y Santa Fe, es el Siglo XX diciéndonos “de acá me sacan con los pies para adelante”. Para el que no lo conoce, es un cartel de bordes curvos como las puertas vaivén que los cowboys de las películas empujan entrando al Saloon. Tiene el dibujo de un sheriff con sombrero de ala y bigotones que lleva de la mano a dos niñites o símil. El cartel te queda sobre la cabeza cuando empezás a bajar la escalerita de la entrada.

¿Quién diseñó este objeto cuya función es inducir el entretenimiento familiar? ¿Por qué un hombre de las fuerzas de seguridad del lejano Oeste conduce a menores hacia un páramo de diversión electrónica? El Western fue un género dominante en Hollywood a partir de los años 30 hasta, digamos, entrados los 70. Stagecoach, que conocimos como La diligencia, la película que convirtió para siempre a Marion Robert Morrison en John Wayne, es de 1939. Y Deaf Smith and Johnny Ears, que fue traducida para nosotros como El sordo Smith y su amigo orejas, es de 1973.

Entre las dos lo que hay, además de un paquete clásico de la historia del cine occidental, es un ordenamiento cultural. El cowboy fue propuesto como un sujeto heroico que se vincula con el indio o bien matándolo o bien convirtiéndolo en asistente –el personaje de Toro, el kimosabi ayudante de El llanero solitario, comenzó llamándose Tonto, pero en algún momento a los productores les pareció demasiado y lo cambiaron. Hasta enero de este año, el único juego sobreviviente del Sacoa original era un caballito mecánico del que salía una pistola que buscaba rememorar las viejas Colt del farwest.
El niño-cliente montaba el caballo para entregarse a la diversión de asesinar indios analógicos que iban y venían al otro lado de un plástico transparente. “Muere maldito piel roja” era una línea natural en boca del niñito que maridaba perfectamente con el juego y podía ser festejada por sus mayores circunstanciales a cargo. Este paquete de transculturaciones explica la estética del cartel de la entrada y su obcecada pervivencia.
Para el niño porteño de los setenta ese cartel fue, también, una alucinación interanual: era pasarse de marzo a diciembre esperando la tarde en la que tus viejos te anunciaban que se venía un verano en Mar del Plata. Y entonces el cartel, este cartel, y la escalera, esta escalera, se volvían súbitamente un punto rojo de deseo y ansiedad.

Hasta 1982, los locales de juegos electrónicos estuvieron prohibidos en la ciudad de Buenos Aires. Después era llegar a Mar del Plata con seis horas de Ruta 2 encima y ser un niño padeciente que había quedado habilitado para un rezo, para una súplica: Dios mío, por favor, me porté bien el año entero, dale, hacé que esté nublado. Porque un día de sol era un día de playa, y un día de playa era un día sin juegos electrónicos. Un día de playa era un día de hacer castillitos de mierda con una palita de mierda carajeando al destino por dejarnos frente el mar cuando lo único que queríamos era estar frente a, waca waca waca, un Pacman. La clase media de Buenos Aires siempre les pidió a sus dioses del ocio costero sol en enero, sol en febrero, y mesas vacías en Montecatini. Y cuando el dios del asalariado urbano se lo cumplía, el niño era olvidado en el fondo de un menú con papas y gaseosa. Corría ya el siglo XXI la tarde que vi, en las paredes de Sacoa, un cartel que anunciaba: días soleados, 50 por ciento de descuento. El videojuego no compite con el videojuego de al lado: el videojuego compite con el sol.  

EL ORIGEN  

Es 1957 y Mauricio Mochkovsky está preocupado. Hay una fuerte caída de la actividad y al tipo le está costando cobrar. Como es contratista (trabaja en la instalación de sistemas eléctricos de la obra privada) le empezaron a pagar con departamentos, esas unidades nuevas que van quedando sin vender en el clásico inmobiliario de la época: los edificios de 12 pisos sobre la Avenida Colón.
Mochkovsky los malvende para pagar los jornales de su gente, así que esta tarde, en el bar Derby de la calle San Luis, sí, el tipo está preocupado.

El Derby tiene una fonola y los clientes hacen cola para echarle adentro una moneda. El hit del momento es L’uomo in frac, de Domenico Modugno. La canción suena la cantidad de veces suficientes como para que Mauricio Mochkovsky se pregunte dónde está el negocio acá. No puede volverse Domenico Modugno y no puede componer L’uomo in frac.

Lo que sí puede hacer es volverse el dueño de la fonola, es decir, ser dueño de una máquina destinada al entretenimiento circunstancial que para hacerla funcionar no hay más que pararse delante de ella y dejar caer una ficha por su ranura. Y quien dice una ficha dice un fichín. Y quien dice un fichín dice fichines. Para el final de los cincuenta, hay tres fonolas repartidas en el centro marplatense: la del Derby; la del Ópera, justo al lado del cine; y la del bar Bahía Blanca, en Luro y España.
Y las tres son de Mochkovsky.

Son dos años largos de ir y recaudar. Una vez por semana se renuevan los discos. Y una vez por mes, las fonolas se desarman para limpiarlas a fondo, pasarle agua y detergente a los vinilos, cambiar las púas. Mauricio se lo lleva a Jorge, su hijo de apenas 10 años, como para que le vaya tomando el gusto al negocio. El padre levanta la moneda mientras el hijo, ahí al lado, lo mira levantar. Fabio Tempone, se llamaba el tipo que, una tarde, se le acercó a Mauricio Mochkovsky para decirle: “tengo algo que te va a interesar”. Parece que este Tempone tenía unas maquinitas de los años treinta. Las tenía en un sótano, bastante mal cuidadas. Mochkovsky las fue a ver con Jorge, su pibe.

Quince mil pesos del año 59, le ofreció, por quince maquinitas, que eran como un flipper sin los flippers, o sea, sin las paletas para devoler la bolita hacia arriba. El juego apenas consistía en diparar una bolita, la bolita venía bajando, marcaba una cantidad de puntos mientras bajaba y eso era todo. La partida tardaba lo que tardaba la bolita en irse. Qué bo..udez, debe haber pensado Mochkovsky primero. Y bué, vamo’ a probar, debe haber pensado después. Restauró una y la puso en el bar El Trinquete, sobre la calle 9 de julio, donde también había una cancha de pelota vasca. No tardó mucho, la maquinita esta, en llenarse de monedas: 400 al día. Dos veces por día los Mochkovsky tenía que ir a vaciarla porque las fichas rebalsaban el depósito y caían al piso. La muchachada del bar se jugaba los tragos y los copetines en la maquinita y descubrieron que un poco la podían mover, como para hacer más puntos. Pero que si la movían demasiado se les encendía un cartelito con la palabra TILT. Para 1969, el niño Jorge Mochkovsky había crecido y ya tenía su propio local de yines y camperas. En una galería de la peatonal, lo tenía. La pequeña Lulú, le había puesto a su emprendimiento y, la verdad, medio que no pasaba nada. Los dueños del edificio que estaba sobre la galería, las familias Fiorentini y Bartolucci, estaban desaprovechando el sótano, donde habían montado un tipo de showroom industrial que no convocaba a nadie.
Mauricio Mochkovsky, el padre, ya se había ido a Nueva York, ya se había juntado allá con la paisanada, ya había traído los primeros flippers que ahora sí tenían flippers para que la pelotita no se fuera tan rápido y estirara el tiempo per cápita del juego, y ya los tenía dando vueltas por la ciudad. Jorge, le hijo, se preguntó si ese sótano no era apto para las maquinitas. Se lo alquilaron a sus dueños con una opción de compra. Junto a los flippers metieron un bowling. A todo esto, faltaba un nombre. Los Fiorentini Bartolucci, tan de golpe socios de los Mochkovsky, eran dueños de una razón social, la Sociedad Anónima Constructora de Obras y Afines, pero ese choclo de palabras no cabía en ninguna venta, así que mejor lo abreviaron por sus siglas y le pusieron directamente SACOA.  

ESCALONES  

Hace 40 años bajé la escalerita estas más o menos para lo mismo que la estoy bajando ahora: activar una máquina que me lleve directamente a unos segundos de fuga, a un charco de entretenimiento y neuroeuforia que desaparezca toda circunstancia que no sea la urgente circunstancia de la pantalla. No hay mundo fuera de la máquina para el homo lundens, para el E-homo ludens. Ni mundo ni coyuntura. El videojuego es una totalidad del rato que, además, está al alcance de cualquiera. Porque no comprás nada con veinte pesitos en esta Argentina 2019: diez palitos de la selva, una chipa en rosca, una tarjeta de Sacoa. Después, cada juego, de los viejos, el 1942 ponele, son veinte pesitos más. Veinticinco. Este sótano que arrancó hace 50 años con un bowlling, unos flippers, y que cruza la manzana de lado a lado hasta salir por la peatonal Rivadavia es la madre de todos nuestros sótanos de videojuegos. Y como sótano que es, no puede sacudirse del todo cierta impronta de cueva rupestre, de aguantadero de las masas.

En la subcultura del fichín, el salón de videojuegos quedó demasiado cerca del lumpenaje circundante que patea la calle y se mete como quien se desliza en una caverna con maquinitas porque si no juega, al menos ve jugar. ¿Les pasó que eran Kafelnikov en el Virtua Tennis y cuando están definiendo Roland Garros con Mark Phillippouissis uno se les para en la nuca? Sí les pasó. Sí me pasó. Solía llegar temprano a mi terapia que quedaba por Plaza Italia porque iba antes a jugarme unas fichas en el local de Santa Fe y Borges, donde ahora hay un Subway. Aunque en realidad solía llegar tarde porque me quedaba jugando. Lo mejor de mi terapia era lo que pasaba antes de mi terapia.

De hecho, mi terapia era lo que pasaba antes de mi terapia. Bajar, a los 48, la escalerita que bajaba sin todos estos años encima –sin todos estos muertos encima. Bajar, a los 48, los veinte escalones que van del hastío a la abundancia; de las ganas de balearse en un rincón a las ganas de vivir para siempre dentro del Karate Champ.

Dentro del Frogger.

Dentro del Pengo.

Dentro del Hyper Olympics.

Dentro del Street Fighter.

Bajar negando que después habrá que subir.

Bajar ansioso, bajar convencido de que no hay nada como bajar, de que bajar es lo mejor.