El asesinato de la Artesana Cynthia Filippone, 6 años de dolor, ausencia y angustia

El 5 de mayo de 2014, la artesana Cynthia Filippone fue asesinada en el patio de su casa de Villa Gesell mientras intentaba descolgar la ropa de la soga. Recibió dos cortes de arma blanca, uno de ellos en la zona de la tráquea, y murió desangrada instantes después, ante la mirada de sus hijos de 6 y 9 años. El hecho conmocionó a todo Villa Gesell, situación que generó la movilización de los vecinos convocados por Luis, su hermano y principal impulsor del pedido de justicia. #Memoria #8M 


Cynthia Filippone tenía 40 años, era artesana y madre de dos pequeños, una historia de vida parecida a la de muchas mujeres de nuestra ciudad hasta que Cyntia fue asesinada.

Transcurría la tarde del lunes 5 de mayo de 2014, en el momento que empieza a caer la noche, horario en el que Filippone decide descolgar la ropa en el patio de su casa ubicada paseo 111 y avenida 6 sin saber que la esperaba la muerte. El asesino estaba en el lugar y por la espalda le dio dos cortes de arma blanca mortales, en su cuello y en su rostro.

Con una fuerza sobrehumana, Cynthia camina hacia la casa y entra, cierra la puerta y ante sus hijos se desploma en el suelo. Antes logra decirles: llamen a Daniel (Fernandez), el hombre con quien Cynthia mantenía una relación. Segundos después, con las rodillas cerca del abdomen del dolor, Cynthia muere.

La causa de la muerte de Cynthia convocó a cientos de vecinos en una marcha impactante en pedido de Justicia. Habiendo pasado 6 años, aún hay 4 sospechosos de la muerte de Fillipone, en un tratamiento judicial que fue severamente cuestionado por la familia de la artesana: se trata de Sergio “el Perro” Muñoz, Carolina Beatriz “La Rubia” Schulz Dorfer, Diego Nicolás “El Moneda” Enrique y Simón Hernández, el hijo de la pareja de Cynthia.

Sin dudas, los 4 apuntados por la justicia no fueron, solo dos tenían una relación: El perro y la Rubia. El Perro Muñoz siempre fue señalado como principal sospechoso en una causa que conmociona aún a la sociedad y pone nuevamente en la mira a los tiempos judiciales, las investigaciones y la falta de respuestas del Estado.

La ausencia, el dolor y la angustia que deja un asesinato nunca son debidamente comprendidos por quienes toman decisiones tanto en la política como en la justicia. Más allá del furor de una noticia y el acompañamiento de la sociedad por el impulso inicial: las familias quedan destrozadas y las historias se repiten una y otra vez.

Ante el hecho consumado, se espera siempre la rápida acción el día después, esa que muestra que verdaderamente el Estado está presente, más allá de la imposibilidad de impedir la muerte, más allá del abismo que separa a quienes verdaderamente sufren de los que toman decisiones para que se imparta justicia o para brindar seguridad, educación, cultura y salud a la población.